La corrupción que padecemos no suele esconderse tras tramas sofisticadas ni conspiraciones brillantes. Está a la vista. Y, sin embargo, prospera. En la Administración al servicio de los administradores se sostiene una tesis incómoda: muchas de las redes corruptas sobreviven no por su astucia, sino por la pasividad -cuando no la complicidad- de quienes deberían impedirlas. Empleados públicos que conocen las irregularidades, que detectan las grietas del sistema, pero que miran hacia otro lado porque el propio engranaje institucional recompensa la docilidad y castiga la incomodidad..
No se trata solo de políticos corruptos ni de empresarios sin escrúpulos. Se trata de una cultura administrativa que protege al que no molesta y arrincona al que denuncia. De incentivos perversos que convierten la deshonestidad en una forma de negocio seguro. Este libro desmonta la ficción de la corrupción como fenómeno excepcional y revela su verdadero motor: la normalización del incumplimiento dentro del propio aparato público. Una mirada directa y sin complacencias sobre el sistema que debería vigilarnos y que, con demasiada frecuencia, se vigila a sí mismo.