Ateniense: Extranjeros, ¿quién pasa entre vosotros por el primer autor de vuestras
leyes? ¿Es un dios? ¿Es un hombre?
Clinias: Extranjero, es un dios; y no podemos conceder semejante título a otro
que no sea un dios. Aquí es Júpiter; en Lacedemonia, patria de Megilo, se dice,
según creo, que es Apolo. ¿No es cierto, Megilo?
Megilo: Sí.
Ateniense: ¿Refieres el hecho como Homero, el cual dice, que de nueve en nueve
años iba Minos puntualmente a ver a su padre, y que en vista de las respuestas de
este dios, redactó las leyes para las ciudades de Creta.
Clinias: Tal es, en efecto, la tradición admitida entre nosotros. También se dice que
Radamanto, hermano de Minos, cuyo nombre no os es sin duda desconocido, fue
el más justo de los hombres; y creemos nosotros, los cretenses, que ha merecido
este elogio por su integridad en la administración de justicia.
Ateniense: Muy digno es ese elogio, y cuadra perfectamente a un hijo de Júpiter.
Yo espero, que habiendo sido educados vosotros, lo mismo uno que otro, en Estados
tan bien administrados, no llevareis a mal, que durante el camino conversemos
sobre las leyes y la política. Por otra parte, según he oído decir, el viaje es largo
desde Canosa hasta la gruta y templo de Júpiter. Los grandes árboles, que encontraremos por el camino, nos proporcionarán bajo su sombra lugar para descansar
y para librarnos del calor de la estación. En nuestra edad será más oportuno que
nos detengamos con frecuencia para tomar aliento; y así entreteniéndonos mutuamente con el encanto de la conversación llegaremos sin fatigarnos al término
de nuestro viaje.
Clinias: Extranjero, más adelante encontraremos en los bosques consagrados a
Júpiter cipreses de una altura y de una belleza admirables y praderías en donde
podremos sentarnos y descansar.